La piñata de cumpleaños de Mamá Belén

Heidi daba vueltas y vueltas en el jardín, estaba pensativa, se rascaba la cabeza, se alborotaba la melena pelirroja con tanto ir y venir. Se detenía por momentos con la vista perdida, esbozaba una sonrisa de triunfo como si hubiese encontrado la solución a lo que buscaba. Las pecas de su rostro le resaltaban iluminadas por el sol, luego movía la cabeza para los lados en señal de desapruebo. ¿Pero, en qué estaba pensando?… En el cumpleaños de Mamá Belén. En dos semanas iba a cumplir sesenta y ocho años.

  • ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? … se repetía Heidi angustiada.

La verdad es que Heidi estaba muy preocupada, ella había escuchado que a las abuelas viejitas como Mamá Belén les comienzan a salir alas porque pronto se irán al cielo. Pero, ella no quería que le salieran alas a Mamá Belén. En eso estaba pensando.

Llamó a su amiga Clara y le contó su plan, tenían que ir a la tienda de Don Margarito a que les vendiera el polvo pica-pica. Heidi había leído en internet que el polvo pica-pica hacía unas ronchas en la espalda y las alas ya no crecían.

  • Heidi, ¿Cómo vamos a hacer para ponerle el polvo pica-pica a Mamá Belén en la espalda?… preguntó Clara.
  • No tiene que ser directamente en la espalda, con que logremos ponerlo en su cabeza, el polvo solito va a caer hasta la espalda… ¡TENGO UNA IDEA!… Saltó Heidi entusiasmada… En la fiesta de cumpleaños de Mamá Belén vamos a traer una piñata con frutas y caramelos y ahí pondremos el polvo pica-pica.
  • ¡Genial!… exclamó Clara. Cuando se rompa la piñata el polvo le caerá a Mamá Belén en la cabeza.

El día del cumpleaños de Mamá Belén, vinieron sus amigas de la iglesia, los vecinos y algunos amiguitos de Heidi. Mamá Belén estaba feliz, dejó a Heidi que le preparara la fiesta como ella quiso. Sabía lo insistente que era cuando algo se le metía en la cabeza.

Llegó la hora de romper la piñata. Un par de vecinos ayudaron a colgarla y Heidi y Clara organizaron a todos para tomar turnos. Primero los niños, luego los grandes. Le tocó el turno a Mamá Belén y nada pasó, solo un par de golpes que apenas dieron en el blanco.

  • ¡Heidi!, ¡Heidi!, ¡Heidi!… Comenzaron a gritar todos al unísono.

Heidi no le quería pegar a la piñata porque ya estaba a punto de romperse y sabía bien lo que iba a pasar. Al final tuvo que tomar el palo y le dio un golpe.

  • ¡Yei!… Todos gritaron y se abalanzaron a recoger las frutas y los caramelos. La única que quedó bien librada fue Clara porque se mantuvo lejos.

Inmediatamente, todos comenzaron a rascarse la cabeza, luego el cuello, la cara, la espalda, las piernas… Les brotaron ronchas rojas por todo el cuerpo y se hincharon. 

Heidi también estaba llena de ronchas. No le quedó más remedio que confesar la verdad. Afortunadamente, el polvo pica-pica no era peligroso y el efecto duró solo un par de horas.

Heidi le contó a Mamá Belén porqué puso el polvo pica-pica en la piñata. Su abuela la abrazó y un par de lágrimas rodaron por sus mejillas.

  • ¡Niña testaruda!… Le dijo… Yo no necesito alas para irme al cielo. Además, no importa dónde esté porque siempre seguiré cuidándote.

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