
Hace ocho años que Luis y yo nos casamos, él es doce años mayor que yo y aunque físicamente no se nota gran diferencia, en actitud el tiende a ser rígido y paternal, semejante a los hombres de mi familia. La crónica de nuestro matrimonio la puedo resumir en pocas líneas. Al inicio, pasión desbordante, romance, entrega y cierto roce de lujuria. Al segundo año las cosas ya tenían un poco de pereza y otro color, la pasión dejó de ser de dos y comenzó a ser solo de él, escasa y dosificada. El goce, por lo tanto, desapareció de mi lista de deseos.
No sé cómo explicar cuándo paso, ni cómo paso. Luis se olvidó de mí y un día sin avisar, desapareció. Cuando fui consciente de eso, esperaba sentirme triste, sentirme abatida, pero para mi sorpresa me sentí en paz, no hubo reproche, no hubo preguntas y acepté mi nueva posición de abandonada con un cierto aire de alegría. Claro, debía de mostrar un poco de desolación ante mis padres, ellos se lamentaron y me consolaron creyendo que mi nueva condición de mujer sola sería una pesada carga que llevaría conmigo por siempre. Ellos me educaron para ser una esposa abnegada y por esos principios me debería quedar en casa a llorar mi pena y a reflexionar sobre las cosas que yo pude haber hecho mal.
Y pensando en eso justamente, llegué a la conclusión de que necesitaba salir, tener un cambio en mi vida, necesitaba pensar. Tal vez mis padres tenían razón al sugerir que algo pude haber hecho mal. Así que, en ese momento decidí que retomaría mi afición por la fotógrafa y me iría de vacaciones, iría a ese lugar al que Luis nunca me quiso llevar. A la mañana siguiente estaba yo en la estación del tren, lista para viajar a Oaxaca. Siempre tuve deseos de ir ahí. Es una ciudad que me inspira un remolino de emociones, me sacude sin saber por qué. Ahora estaba lista para entregarme a esa aventura y sanar, si como dice mi padre…algo habría que sanar.
Escogí un pequeño hotel que estaba localizado a tres cuadras de la plaza principal. Lo escogí por el nombre “El Paraíso”, -¿porque ese nombre me cautivó de esa manera? no lo sé. Tal vez por el enorme deseo que tenía de salir de mi propio infierno. Una vez hospedada, me puse ropa fresca, tomé mi cámara y salí decidida a dejarme enamorar por esa ciudad mágica. Caminé todo el día, visité muchos lugares, comí un poco de todo, pero ya era hora de regresar a descansar, había sido un día largo. Eran solo las nueve de la noche y aunque estaba cansada me resistía a quedarme en esa habitación el resto de la noche, así que, escogí un vestido rojo que había estado esperando en mi guardarropa varios años por una oportunidad como esta. Lo había comprado para salir a celebrar mi quinto aniversario de bodas con Luis, pero no hubo necesidad de usarlo, porque no hubo celebración. Pero ahora, ¿por qué no? es tiempo de lucirlo, el efecto es muy grato ya que aún conservo la firmeza de mis muslos y mis senos han esquivado la gravedad a pesar de mis ya casi cuatro décadas.
El hotel, aunque era pequeño, tenía un bar con un ambiente muy agradable, estaba casi lleno de turistas extranjeros. El camarero me condujo hacia una pequeña mesa al costado derecho del escenario. Ahí, había tan solo una guitarra y un micrófono. -¡Qué bien!… pensé. – Esto parece ser el anuncio de una velada romántica. De pronto la luz se puso tenue y apareció en el escenario un hombre alto, con pelo ligeramente largo y lacio. Algo a lo que no pude escapar fue al encanto de unos ojos enormes que brillaban como luceros en la poca claridad del recinto. Imaginé que serían azules, siempre me gustaron los hombres de ojos azules y ese brillo tan especial no podía provenir más que de unos ojos color de mar.
El dominio de sus manos al arrancar gemidos de la guitarra me causó escalofríos. Cantó una y otra vez para el agrado de los presentes. Noté que una mujer al otro lado de la barra le hacía señas sugerentes y él las atendía de una manera discreta. Eso me causó tal deseo por ese hombre desconocido que debí pensar en mi propia estrategia. No hubo necesidad de tanto, bastó con una mirada sostenida y una ligera sugerencia de mi cuerpo. Hacia tanto tiempo que no me sentía seductora, creí que esa sensación era cosa del pasado, pero ahora ese hombre extraño estaba causando que mis pensamientos se humedecieran. La música paró y él se encaminó hacia mi mesa, yo tenía que mostrar serenidad y control de la situación, tarea nada fácil con ese hombre parado frente a mí, pero logré mantener la calma. Me saludó y lo invité a sentarse. Conforme charlamos un poco, su presencia se fue haciendo superior, era como si sus encantos se hubiesen multiplicado, hablaba y sonreía con una gracia que yo disfrutaba y que me estaba causando una ansiedad desconocida.
Comenzó la música y sin preguntar tomó mi mano y fuimos a la pista de baile, en donde ya había unas cuantas parejas contoneándose y dándose muestras de amor. No pude sostener un gemido cuando su mano firme rodeó mi cintura como si conociera la dimensión de la misma. Me tomó con tal propiedad que mi cuerpo lo reconoció familiar. Al ritmo de la música me susurraba la letra al oído, yo podía sentir el calor de su aliento hasta mi cuello y eso me hizo tirar el último escudo que aún tenía para protegerme. Consciente de mi riesgo busqué sus labios y los encontré cálidos y deseosos. Eso fue solo el inicio de lo que terminó en mi habitación; ahí la pasión volaba por el aire y mi cuerpo se entregó a él buscando la emoción perdida de todos esos años. Su boca y sus manos viajaron por mi sur y exploté una y mil veces en una pasión renacida.
Cabe decir que nunca lo volví a ver, nunca supe su nombre, pero sí comprobé que sus ojos eran azules.