Toda una vida desde la última vez que nos vimos. Hace mucho que no te escribía, he dejado de mandarte recados. No tengo claro que decía el último, creo que decía que estaba aprendiendo a vivir sin ti, sin tu sonrisa, sin tu olor, sin tus caricias… ¡va, tarugadas! Lo dejé en dos puntos suspensivos como un fallido intento de ponerle fin. Justo en medio, ni un punto para un final definitivo, ni tampoco tres para un posible, continuará. Lo dejé en dos puntos y me fui, ¿a dónde? no sé, a seguir viviendo, a veces con días soleados y con una entereza que impacta a mi paso, otros días tan opaca como un día de tormenta, pesada y llena de agua salada. Pero hoy, a día mil doscientos cincuenta y…(ya lo he olvidado) de tu ausencia, sigo en pie. Me siento frente al computador con esta copa de vino que últimamente no me abandona, la necesito para liberar el peso de la vida. Bueno, no es que la vida sea realmente tan pesada, no es pesada por el hecho de ser la vida misma, es pesada solo a veces, cuando el marco de la puerta se estrecha, cuando la cama se agranda, cuando el aire se espesa, cuando se enfría el café de la mañana, cuando tu ausencia pesa, es entonces cuando la vida se hace un poco más complicada. Pero yo estoy bien, encerrada en casa con mi hijo, con mis perros que me acompañan en mi mal genio que ya es parte de mi respiración. Solo que hay días en que el pensamiento no puede parar, no es algo que se domestique, lo mismo que el corazón. Ya me di por vencida con esos dos, no obedecen, no en todo. Hay demasiados recuerdos que siguen aquí en las noches infinitas y que llegan al día como una carrera. Pienso en ti, no mucho, solo al levantarme y al acostarme, y de vez en cuando mientras almuerzo o voy al trabajo. Lo ves, ¡no es para tanto! Tal vez te deje otro recado, te lo meteré por debajo de la puerta, aunque no sé si sea buena idea, alguien más lo puede leer y saber que existo, y yo no quiero existir. Mejor te dejo un listón atado en la puerta, no tendrá palabras, pero sabrás que soy yo. la misma de siempre. Aunque con unos huecos en los ojos más profundos, no son de pensarte ni de llorarte, pasa que a veces una pajilla se me mete en los ojos y se ponen húmedos, no es para tanto, pero lloran como si se les hubiera metido una viga. ¿qué te digo? Yo tan exagerada en todo, como siempre…
