
Sí, me acuerdo bien, la memoria no me falla a tal grado que me olvide de la fecha y menos de los detalles. Diecisiete de diciembre del año… tampoco es que importa mucho el año. De cualquier año… ¡Se casaba la Coyota! Es mi hermana, así le digo de cariño por bocona, bueno en realidad es por brava. Se llama Guadalupe, como la virgen… Ja, ¡la virgen! Bueno, lo importante es que se casaba, lo de virgen, si no le importaba al marido, menos a mí. Guadalupe tenía recién cumplidos los dieciséis y el novio, le llevaba unos veintidós, por lo menos. ¿cómo la Coyota llegó a este matrimonio? No lo sé, nadie lo sabe. Nadie habla de eso. Mi padre era capaz de azotar a quién preguntara, y mi madre se quedaba cuajada con la cara blanca y los ojos duros, cuando alguien comentaba algo. ¿y Guadalupe? Tampoco quiso decir nada. Obedeció a mi padre y congeló en su rostro una expresión de muerta que le ha durado toda la vida. La costumbre y las represalias nos hicieron dejar de preguntar. De a poco, ya nadie dijo nada, y la vida siguió.
Un domingo, después de la misa del medio día, llegamos a casa mi madre, Guadalupe y yo. Ahí estaba mi padre con ese señor que nadie conocía. Estaban sentados en esas sillas de mimbre viejo que había en el zaguán de la casa. Fumaban y bebían algo en jarros que por el tufo, supimos que era aguardiente. Cuando entramos, mi padre nos recibió muy solemnemente y con una cara de felicidad… vaya, poco común en él. Nos presentó a aquel señor. – Les presento al caballero, Rafael Álvarez, un buen y viejo amigo. Nos conocimos hace años en Sonora, en una de esas tantas veces que me fui pa’l norte. Le debo mucho –enfatizó mi padre- El “señor” Álvarez parecía complacido… sí, esa es la palabra… complacido con las palabras de mi padre y con nuestra presencia. – hermosas tus mujeres –añadió Álvarez. Saludó a mi madre y a mí muy escuetamente. A Guadalupe le dio un beso en la mano al tiempo que la veía con ojos de perro rabioso, parecía babear. Ella encogió el brazo y se limpió la mano en el costado, fue muy obvio su malestar. Mi padre ya lo había invitado a comer, así que, mi madre puso otro lugar en la mesa. Mientras nosotras estábamos en la cocina preparando todo, mi padre y Álvarez seguían en el zaguán, se escuchaban por momentos con mucho alboroto, luego parecían enmudecerse, rumoraban cosas que no lográbamos escuchar. De repente rompían el silencio con sonoras carcajadas. Nosotras parábamos oreja para escuchar de que hablaban en esos momentos de silencio, pero nada, no supimos de qué hablaban. Ya en la mesa, mientras comíamos, Álvarez no quitaba la vista de encima de la Coyota. Comía con la boca abierta y hacía tanto ruido cuando masticaba. Era muy desagradable ver como entre tanto movimiento le resaltaba el casquillo de oro del canino superior derecho. Parecía un sable filoso que le iba a cortar la lengua.
Ese día, el día de la boda
Era la antesala del invierno más gélido registrado en mi memoria. Se casó mi hermana con Álvarez. Nunca una boda había tenido tanto luto encima. La sonrisa amplia y bonita que siempre tuvo la Coyota se escondió en una cara de luto que no volvió a quitar hasta el día que quedó viuda, muchos, pero muchos años después. Nunca supimos por qué las cosas pasaron así para todos, mi madre lloraba, se fue acabando en una culpa que la arrastraba. Mi padre tomaba cada vez más, mi hermana soportaba sin queja alguna, tiesa como un gendarme si expresión. Se le acabó la inocencia. Se nos acabaron las risas. El único que seguía regocijado era Álvarez. Cada vez más gordo, más hediondo, más hostil. A la Coyota se le acabó lo huraño. Se dejó domar por un viejo. ¿quién era Álvarez? ¿por qué mi padre entregó a una de sus hijas a un ser tan despreciable?… póker de ases… una mala jugada del destino.