Día de matanza

Santiago cruzaba el umbral del zaguán techado con láminas de hojalata. El calor abrazador del verano se sentía más asfixiante bajo el resguardo de aquella casa. Todo era de adobe grueso y piedra, con paredes altas y blanqueadas con cal para ahuyentar los enjambres de moscas. Había servido como caballeriza antes de ser habitada. Era un cuarto largo separado por paredes a media altura para dividirlo en habitaciones. Parecía una fortaleza.

Era sábado de matanza, los olores de la salvia se mezclaban con la canela y el olor acedo que salía de la alcantarilla del patio. En los corrales, los cerdos comenzaban a gemir como lamentándose.

  • ¡vamos hijo! ¿ya están listos los amarres y las cuchillas?… preguntó Santiago… Nos espera una larga jornada.
  • Ya apá, ya está todo listo… Respondió su hijo

Era todo un alboroto.

El carnicero del pueblo, Santiago, no conocía otro oficio que el de matancero. Era un hombre de mediana estatura, tenía una voz rasposa por el mezcal y unos grandes ojos verdes, saltones. Daba siempre la impresión que le costaba cerrarlos. Parecía un venado asustado. No se sabía mucho de él, era un hombre callado y reservado. Hablaba poco con la gente del pueblo. Sólo se sabía con certeza que era un hábil matancero, heredero de la cuchilla del bisabuelo.

Su hijo Ramón, el único que tenía, había crecido entre moscas y sangre. Igual que su padre no conocía otra vida. Su madre, murió tres años atrás, durante las cabañuelas. Ahora, sólo se tenían el uno al otro. Parecían buenos amigos más que padre e hijo. Solían echarse sus tragos juntos y hacer competencias en la matanza de los cerdos. El primero en abrir el canal completo y mostrar eufórico un riñón, un pedazo de hígado, de bofe… lo que fuera, ese era el ganador.

¡Esos sábados de matanza! El olor a sangre caliente penetraba el ambiente mientras salía a borbotones del cerdo. El indefenso animal se convulsionaba y se retorcía cada vez más y más hasta el último aliento.

– “La puñalada certera de mi padre, nunca ha dejado margen al error, y por alguna razón, no soy capaz de ver al cerdo a los ojos en ese momento. Esa mirada de súplica me traspasa y comienzo a sentir como mis propias tripas se retuercen.”

            Con las fiestas de la Candelaria encima, mi padre estaba de lleno en la matanza. Lo llamaron de Santa Fe para que matara los cerdos y preparara el festín para el novenario.  – Tenemos cinco marranos… dijo el mayordomo de la fiesta. – vienen los peregrinos andando desde El Fuerte y San Tadeo. Son muchos.

Mientras, en casa…

“Mi madre enfermó, no sé de qué. Comenzó a voltear el estómago en la madrugada y a retorcerse del dolor. Cada día fue peor. Le preparaba tés de estafiate y albahaca, le ayudaba a sobarse la barriga con manteca caliente y a estirarle el pellejo. Pensaba que era un empacho.  No mejoraba. El cuarto día obró sangre y el dolor era tan fuerte que alargaba los gemidos, suplicantes. El quinto día vomitó sangre. El sexto día… murió… Quedó ahí, inerte, vacía, bañada en su desecho, con los ojos abiertos y cristalinos.”

Uno por uno, los cerdos abrían el hocico y exhalaban a muerte. La puñalada fue ahí, justo en el corazón, cronometrada y veloz. Todo estaba expuesto en cuestión de minutos: la sangre, las vísceras, los huesos y los ojos… los ojos, cada vez más abiertos… ¡seguían vivos! El patio era un mar de moscas, de sangre y de caca, todo junto y en abundancia. Era siempre una escena caótica. Cada matanza era una representación casi exacta de la anterior, sólo daba la impresión que los gemidos del cerdo eran cada vez más fuertes, la sangre más hedionda y el aire más pesado.

            Santiago recibió la noticia cuando abría el cuarto canal. Absorto, terminó de destazarlo y emprendió camino a casa… “La despedimos con la sobriedad y la calma que a ella le gustaban. Me clavé obsesivamente en sus ojos de canica, esperaba un parpadeo, algo que me la regresara a la vida. Pero lo único que encontré fueron unos pozos profundos y vacíos. Aun así, se veía hermosa.”

            Hoy es sábado de matanza –uno más- ya el cerdo nos espera resignado en la antesala de la muerte, listo para el sacrificio. Es un cerdo grande, realmente enorme. Anda por los 360 kilos. -El primero de ese tamaño que me toca- Se necesitan más de un hombre para dominarlo, no importa si ese hombre nació matancero y tiene toda la habilidad del mundo como mi padre. Este cerdo es cosa seria. Lo arrastramos con dificultad hasta el patio y nos costó ponerlo con el lomo en el suelo. Mi padre lo medio monta colocándole una rodilla en el cuello para inmovilizarlo. A mí, me toca detener las patas traseras. En el momento en que mi padre le dio la cuchillada en el corazón, el cerdo de una patada me lanzo al piso. Quedé envuelto en su sangre caliente, escuché muy cerca de mi oído su respiración agitada, su lamento de muerte y sus ojos… sus ojos me causaron un espasmo de terror, de compasión, de dolor, de asco… me desmayé. Al despertar, me vi envuelto en sangre y moscas. Pensé en ella y lloré. Era la primera vez que me enfrentaba con mi conciencia y con este enorme vacío. Sentí su ausencia y reviví el dolor de verla morir, recordé como se vaciaba.

 Al igual que su madre en su lecho de muerte, al igual que los cerdos, Ramón estiró su lamento, y gimió, y lloró hasta que sus ojos quedaron desorbitados y secos.

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