
— ¡Por fin llego! – dijo Sara exhausta.
Llegó a casa agotada. Estuvo toda la tarde afuera de las oficinas de la fábrica en la que trabajaba Pedro, su marido. Él era el guardia de seguridad del turno vespertino desde hacía tres años. Tenía que llegar ahí puntual, antes de las dos de la tarde. Llegó a las once y ya había bastantes personas delante de ella. Estuvo parada en la resolana, apenas protegida por un paraguas roto que se volteada al revés con los remolinos que llegaban de repente. Tenía hambre y sed, por momentos a punto del desmayo, con los pies hinchados y agrietados. Esperó durante horas en la línea que avanzaba a paso muy lento. Todas esas personas iban a cobrar la mensualidad de algún pariente que tenía licencia por enfermedad. Un pago que daba el seguro médico por accidentes laborales. Ella venía en nombre de su marido, quién se había fracturado la espalda al caer de la escalera. Lo mandaron a ayudar a los de mantenimiento con las goteras del techo. Él era solo el guardia, pero no se podía negar. Lo mejor era no dar motivos para que lo despidieran. Había estado sintiendo fuertes mareos y dolor estomacal desde hacía varios días, le costaba mantenerse en pie, pero no dijo nada. Aceptó el trabajo sin replicar.
La línea ya era muy larga cuando Sara llegó, y la ventanilla seguía aún cerrada, solo había salido un tipo alto y gordo que caminaba pesado, le escurría el sudor por la cara y el cuello, brillaba con el reflejo del sol como si trajera engrasada la piel. Vestía un uniforme desgastado, unos pantalones que dejaban ver lo que antes había sido un azul marino intenso, pero ahora ya pintaban grises. Los traía atados con un grueso cinturón que fungía como columpio de descanso para su enorme barriga. La camisa estaba manchada y vieja. La tenía abotonada a la fuerza. Los botones casi a punto de la erupción. Usaba una gorra deportiva con el logo de la empresa, demasiado pequeña para tremenda testa, y esas greñas crespas y sebosas que le brotaban como matorrales por debajo.
Recorrió la fila y les dio una ficha enumerada, solo había cien lugares. A Sara le tocó el número sesenta y dos. Le dio el número y la vio fijo. Le sacaba casi la mitad del cuerpo, ella se veía diminuta a su lado, era una mujer muy menuda y bajita. Alzó la cabeza, le sostuvo la mirada un momento, luego se ocultó con el paraguas. Él esbozó una ligera mueca de macho en celo mientras con la mano izquierda se rascaba discreto la entrepierna. Siguió repartiendo fichas.
Ya en la ventanilla…
— ¿Nombre del trabajador y tarjeta de identidad? – preguntó sin voltear la mujer que atendía.
— Pedro Lara Morán – contestó Sara al mismo tiempo que extendía la mano con el documento.
— Parentesco? – volvió a preguntar la mujer al tiempo que se echaba algo de comer a la boca.
— Es mi marido.
La mujer la barrió de arriba abajo y añadió.
— ¿Razón de la incapacidad?
— Está enfermo, se ha fracturado la espalda. – Contestó Sara con voz pausada.
— ¡Uf! ¿fractura de espalda? ¡Qué cosas! – volvió a decir la mujer sacudiendo la cabeza hacia los lados. En seguida le pasó a Sara un papelito con una cantidad anotada y le contó el dinero. — Mil doscientos, mil trescientos, mil cuatrocientos cuarenta y ocho pesos… ¡Firme aquí, por favor!
Le dio el dinero y Sara se fue. Enrolló los billetes para guardarlos en un pequeño bolso que llevaba debajo, metido en la pretina de la falda. Pasó al lado del guardia y simulando un tropezón, lo chocó con el hombro. Este la vio, ella inclinó la cabeza y se fue disimulada. Más adelante volteó para ver si él la seguía con la mirada y en efecto, se había quedado ahí disimulando la vista para otro lado, pero en realidad la veía irse a ella.
Por fin en casa…
Se descalzó y botó el paraguas en el piso, detrás de la puerta. Se fue directo a la cocina a beber agua. La bebió al tiempo porque la nevera la tenía llena de otras cosas.
— ¡He llegado!… ¿Cómo va todo? – Preguntó — Seguro tú no tienes calor, ¡Qué va! Si te dejé en el lugar más fresquito para que estés a gusto… en cambio yo… ¡Puta madre! ¡Este calor del demonio no lo aguanta nadie!
Pero nadie le respondió.
Se dejó caer en la mecedora, la que estaba más cerca de la ventana. Reclinó el cuerpo para atrás, entreabrió las piernas para acomodar la postura, y soltó un suspiro. Miró hacia afuera y clavó la mirada en los restos de ceniza que había en el patio. Una o dos veces por semana sale a quemar la basura por la noche, por esos rumbos no pasa el camión municipal para que la recoja. Además, acostumbra a hacer aceite de huesos, deshechos de animales que le dan en la carnicería del pueblo. Incluso, algunas personas vienen y le traen perros o gatos muertos. Usa el aceite como combustible y lo vende a los vecinos. Lleva años dedicándose a esto.
Se quedó dormida un rato y cuando despertó ya había caído la noche, eran pasadas las nueve. Se paró y fue a traer los cestos de basura. Abrió el refrigerador y sacó unas bolsas con huesos que tenía ahí desde hacía días. Cogió el aceite y los fósforos. Vació la basura en el fogón del patio. Con un leño acomodó todo haciendo una especie de cuna. Colocó unas ramas secas y roció todo con aceite para prender el fuego. El papel agarró rápido, luego el plástico y así de apoco el fuego se extendió y abrasó todos los deshechos. Después colocó el caldero y el contenido de las bolsas que sacó del refrigerador. Sara removía con frecuencia el caldero para asegurarse que todo se quemara bien. Con unas pinzas sacaba los trozos de hueso limpio que ya habían soltado toda la grasa y los tiraba directo al fuego para que se quemaran. Se levantaba una nube de humo negro y hediondo, insoportable a los ojos y a la garganta. Después de un largo rato, cuando terminaba la faena, recogía todo, limpiaba y se metía a la casa a descansar.
— Que tengas buenas noches… dijo mientras se dirigía a su cuarto.
Se dio un baño, cogió una manzana de la cocina y se la comió mientras preparaba la cama para dormir. Estaba agotada.
Pasaron los días y Sara seguía quemando la basura como de costumbre y haciendo aceite con los huesos que tenía almacenados en el refrigerador.
Al mes siguiente, fue otra vez a cobrar la mensualidad del seguro de Pedro, se repetía la misma historia. El mismo horario, las mismas preguntas por parte de la mujer, el mismo calor infernal, la misma cantidad de dinero recibida y el mismo guardia repartiendo los números. Esta vez sí cruzaron palabra. Se dijeron los nombres. Él se llamaba Antonio. Conversaron un poco. Al siguiente mes se volvieron a ver, hablaron un poco más y Sara le dijo que esa era la última mensualidad que el seguro iba a pagar. Le dijo también que Pedro, su marido, estaba muy delicado.
— Dios no lo quiera, pero, lo veo muy malito. Los doctores nos dan pocas esperanzas – comentó muy afligida.
— No se preocupe, ¿para qué estamos los amigos? – dijo Antonio, tomándole la mano en señal de apoyo.
Pasaron las semanas y se hablaban por teléfono con frecuencia. Se citaron unas cuantas veces para tomar café y conversar. De repente ella dejó de atender las llamadas de Antonio por un par de semanas. Cuando por fin contestó, le contó que Pedro había fallecido. Había sido todo muy triste y ella quería estar sola, despedir a su marido y llorar su pena. Antonio estuvo ahí para consolarla. La abrazaba a su enorme cuerpo y la protegía. Sara sabía que, a ese punto, Antonio haría lo que fuera por ella.
No pasaron ni dos meses cuando ya estaban viviendo juntos. Se casaron un poco después. Él se esforzaba por hacerla feliz y darle todo lo que podía. Ella empezó siendo muy gentil y amorosa, pero pronto cambió, se volvió tosca y malhumorada. Se quejaba de todo en silencio. Hablaba para sí misma cuando Antonio no estaba presente. Le disgustaba el olor acedo que despedía. Los ruidos desagradables que hacía al comer, los ronquidos… En fin, le enlistaba todos los defectos posibles. Le causaba repugnancia.
Se quejaba porque el dinero no alcanzaba y decía todo el tiempo que anhelaba tener unas vacaciones. Ante tanto reclamo, Antonio solicitó un turno extra en la fábrica. Sería operario de maquinaria medio turno por la mañana y después seguiría con su trabajo de guardia de seguridad.
Un día, en la cena, Sara le preguntó si estaba a gusto con ella.
— ¡Como no mujer, tú me haces feliz!… Dijo Antonio.
— ¡Ah! ¡me alegro! Tú también me haces feliz a mí… respondió ella sin mucho entusiasmo.
Se quedaron un momento en silencio hasta que Antonio preguntó.
— ¿Yyyy esa cara? ¿pasa algo?
— No, no, todo está bien… Solo que… pensaba en lo lindo que sería tener unas vacaciones. Me gustaría ir a la costa.
La cara de Antonio se iluminó y sonrió aprobando la idea, pero en seguida dijo.
— ¡Ay mujer! Me encantaría, pero no tenemos dinero para vacaciones, además no me darán permiso en la fábrica. Tú sabes que siempre buscan una excusa para correrte y no quiero dar motivos… ¡Lo siento amor, no podemos ahora!
— Está bien, ya será después. No te preocupes… le dijo disimulando su disgusto.
Pasaron las semanas y ella cambió la mala cara, volvió a ser una mujer servicial y amorosa. Le preparaba el desayuno todas las mañanas antes de irse al trabajo. Le ponía el almuerzo y se aseguraba de ponerle también sus medicinas para la presión alta. Por las noches, le preparaba un té con gotas de valeriana para que descansara bien. Parecía una buena mujer.
Él disfrutaba y se comía todos los alimentos que gentilmente le preparaba Sara. Aunque de unos días a la fecha estaba pasando por episodios de dolor abdominal a vómitos y diarrea. No todos los días, pero los síntomas regresaban en el momento menos esperado y con mucha fuerza. Se sentía morir. Su color de piel se estaba tornando pálido y cenizo, deshidratado. Aun así, no quería decirle nada a Sara ni a sus jefes por temor a que lo despidieran. Seguía yendo al trabajo como si nada pasara. Antonio comenzó a debilitarse, tenía mareos y dolor de cabeza, hasta que un día perdió el conocimiento y cayó al piso en la sala de máquinas. En la caída, se pegó con fuerza en la cabeza con una barra de hierro que se soltó de una de las máquinas. Quedó inconsciente, bañado en un mar de sangre. Lo trasladaron al hospital y después de tres semanas, lo mandaron a casa. Tardaría mínimo seis meses en recuperarse del todo. El cráneo se le abrió de oreja a oreja en la parte superior, necesitaba reposo absoluto.
Sara seguía cuidándolo igual que siempre. No mejoraba. Estaba cada día más débil.
Otro día de verano…
El calor infernal que no cesa. Sara llega temprano a la fila para cobrar la mensualidad. Espera que le den su ficha con el número. No estuvo tan mal, tiene el número dieciocho.
Ya en la ventanilla…
— ¿Nombre del trabajador y tarjeta de identidad? – preguntó la mujer que atendía.
— Antonio Vázquez Carmona – contestó Sara.
— ¿Parentesco?
— Es mi esposo.
— ¿Razón de la incapacidad?
— Se ha roto el cráneo. … Contestó Sara afligida.
— ¡Qué barbaridad! ¿el cráneo? – Dijo la mujer sorprendida. — ¡Vaya caso! A ver si no queda loco – agregó. Como de costumbre, le pasó a Sara un papelito con una cantidad anotada y le contó el dinero. — Mil cuatrocientos, mil quinientos, mil seiscientos ochenta y cinco pesos… ¡Firme aquí por favor!
— Gracias – le dijo Sara y se retiró.
Enrolló los billetes y los guardó en la bolsita, debajo de la pretina de su falda. Se fue a casa, lidiando con el sopor, iba aletargada por el calor de la tarde. Llegó, cogió una cerveza y se sentó en la mecedora, mirando por la ventana.
— Ya vine cariño. ¿Cómo está todo? … pregunta en voz alta.
— ¿Tienes hambre? … vuelve a preguntar, pero nadie contesta.
Se bebió la cerveza. Fue por otra. Se durmió un rato en la mecedora y cuando despertó ya era de noche. Salió al patio y prendió el fuego, lo atizó primero con la basura y con unos leños delgados para que agarrara fuerza, le tiró un chorro de aceite y la llama se disparó. Metió unos leños más gruesos y en seguida colocó el caldero. Vertió en el fondo las bolsas que tenía en la nevera y esperó que todo se cociera en su propia manteca. Sacó los huesos con las pinzas y los lanzó directo al fuego hasta que se hicieron polvo. Repitió el proceso por varios días. Era mucho, no lo podía aventar todo al caldero en una sola vez, tuvo que hacerlo por partes. Nunca había tenido tanto aceite y tan de mejor calidad que ese… ¡Este animal sí que estaba muy grande!