Un viaje sin retorno

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Aquella mañana, Antonio se levantó muy temprano, había tenido muy mala noche; se paró varias veces de la cama porque no lograba conciliar el sueño. Hurgaba en el botiquín buscando algún analgésico para el dolor de cabeza. Era frecuente que pasara las noches deambulando como alma en pena por toda la casa.

Ya se le había convertido en un mal hábito; hacía varios meses que no salía de casa, comía y dormía poco. Tenía un aspecto deteriorado; la barba de varias semanas, áspera y revuelta, lo mismo que el cabello. Llevaba unos pijamas sucios y malolientes que no se los cambiaba en días.  Estaba solo desde el accidente y no quería salir ni ver a nadie, ni siquiera a sus hijas. La única que llamaba y venía casi a diario era su madre. Aunque a veces se quedaba llamando a la puerta en vano, porque Antonio no le atendía. Toda la casa estaba en completo desorden. La cama sin hacer, ropa tirada por el piso, platos con comida vieja, la loza sucia y las cortinas siempre cerradas; no quería ni que la luz del sol lo molestara.

Hace cuatro meses que él y su esposa Sofia habían dejado a las niñas con la abuela para ir a Las Vegas de fin de semana. Los últimos tres años habían sido muy difíciles en el trabajo y las finanzas de la familia estaban muy mal, no les había alcanzado para tomar unas vacaciones. Las cosas, por fin, estaban mejorando y decidieron que se darían una escapada a Las Vegas para relajarse, celebrar el día de San Valentín y el cumpleaños atrasado de Sofia, que había sido a principio de mes. Pintaba para ser el fin de semana perfecto, estaban muy ilusionados esa mañana mientras hablaban de sus planes:

-Vamos amor, podemos ir por carretera. — decía Antonio. — Son ocho horas de camino y…

-Ay, amor, pero… ¿No te parece un poco largo? Es solo un fin de semana… ¿y si veo en cuánto nos salen los boletos de avión? Tal vez…

-Sí, eso sería lo ideal, pero por estos tiempos está muy caro todo. Acuérdate, Sofi, es fin de semana feriado y… ¡Amor, no me hagas esa cara!… ocho horas no es tanto.

-Toni… ¡sí son muchas horas!

-Pero, amor, el camino está muy lindo. Pararemos a desayunar al lado de la playa y… ¡Anda, anímate!

-¡Ay, ya! ¡Basta, basta! Tú ganas, pero conduciremos entre los dos; así será más ligero el camino. — Respondió Sofia mientras seguía buscando en su computadora hoteles para hospedarse.

-Tendríamos que irnos muy temprano el viernes… ¿Tipo 4:00 de la mañana?

-¡Uf! ¡Es tempranísimo!… Por mi está bien, amor, pero tendremos que dejar a las niñas con tu mamá desde el jueves, porque…

-No te preocupes, yo hablo con ella. Tú sigue buscando hoteles y yo me voy porque llegaré tardísimo al trabajo. Chao mi vida.

Antonio, apresurado, le dio un último trago a su café, cogió su maletín y se despidió de Sofia con un beso.

-Ah, no olvides chequear qué shows hay. Me encantaría ir a Cirque du Soleil. — Le gritó desde la puerta.

-¡Está bien! ¡Qué tengas buen día, cariño!

Tal cual lo habían planeado, llevaron a las niñas con la abuela desde el jueves y ellos salieron de casa a las 3:50 a.m. Era finales de febrero y con el clima de California nunca se sabe, es impredecible. Ese día, el cielo estaba raso, la tormenta de los últimos días había parado. La mañana estaba muy fría, pero despejada y pronto los sorprendería un brillante y cálido sol.

-Hace frío, amor, prende la calefacción. — Dijo Sofia, anudándose en el asiento del pasajero con una manta encima.

-Duerme un rato, Sofi, yo manejo primero y tú me ayudas después del desayuno.

Antonio puso una música muy suave, con el volumen bajo para dejar dormir a Sofia. El camino estaba muy solo. Condujo sin problema hasta llegar a un pequeño pueblo al lado de la playa para desayunar.

-Toni, ¿Qué hora es? ¿Ya llegamos?

Sofia estaba aletargada, se quitó la manta de la cabeza, pero en seguida cerró los ojos otra vez cubriéndose con las manos. La atravesaron los intensos rayos de sol que estaban subiendo y tomando fuerza.

-Tiempo de desayunar, cariño. ¡Ay, qué falta me hace un café! — Dijo Antonio, dándole palmadas en la pierna a Sofia.

-¿Cuánto tiempo me dormí? ¿Dónde estamos?

Bajaron del auto y estiraron las piernas. Sofia sintió un golpe de frío y cogió su chaqueta que estaba en el asiento trasero.

-Estamos en Carpintería. Ven, vamos a ese restaurante, se ve bien.

-¿Carpintería?… Nunca lo había escuchado… ¡Está pintoresco el pueblo!

-Te lo dije, este será un viaje lleno de sorpresas.

-Vamos adentro, yo también quiero algo calientito de beber. Hace frío.

-Sofi, ve pidiendo mesa mientras yo voy al baño.

Antonio le dio un beso en la mejilla y se retiró. No paraba de sonreír. Estaba con una emoción incontenible. Tomaron el desayuno y después bajaron un momento a la playa para tomarse unas fotografías.

Habían avanzado a buen ritmo.

-Si el tráfico sigue como hasta ahora llegaremos antes del mediodía. — Le dijo Antonio con una sonrisa cómplice. Ocultaba algo que le causaba mucha emoción. Entre más avanzaban, le costaba más trabajo disimular.

-Y a ti, ¿qué te pasa? ¿Te veo rarito desde que salimos?

-Nada, amor, estoy feliz de pasar unos días contigo fuera de casa, solo eso. ¡Estoy feliz! ¡feeliiiizzz! ¡ja, ja, ja!

-¡Ja, ja, ja! ¡Eres un loco! Pero ojos al frente, no te distraigas.

-¿Quieres qué te ayude?

-No, Sofi, voy bien. Gracias.

Seguían manejando y conversando; ya llevaban unas cuatro horas de camino. El tráfico comenzaba a atascarse un poco. Se aligeraba por momentos, pero luego se fue poniendo más pesado hasta que no se movieron más. Estaban varados a mitad de la autopista.

-¡No puede ser, tan bien que íbamos! ¿Qué habrá pasado?

Dijo Antonio, al tiempo que estiraba la cabeza por la ventanilla del coche intentando ver qué pasaba al frente. Pero no veía más que una larga fila de vehículos y unas montañas nevadas a ambos lados de la carretera.

-Tal vez en la radio digan algo. — dijo Sofia

-A ver, veamos qué dicen, pero de seguro es un accidente, Sofi. En esta subida muchos vehículos se quedan varados. Además, el clima no ha estado muy bueno en los últimos días.

Encendieron la radio y el reportaje del locutor los desanimó:

-A continuación, les damos a conocer el último informe que tenemos del tráfico. Nuestro corresponsal que sobrevuela la zona del deslave ocurrido a tempranas horas de esta mañana en la autopista 48, nos informa que ya han removido los escombros que tenían atrapados a dos automóviles.

-Han logrado rescatar a los pasajeros y los han trasladado al hospital más cercano. Están en un estado de salud crítico. Los médicos estás herméticos, no quieren hacer declaraciones al respecto.

-Hasta ahora, la autopista sigue cerrada por completo dejando a cientos de viajeros varados en la mitad del camino.

-Se espera que, en un lapso de cinco a seis horas, si el clima se los permite, volverán a abrir el camino; mientras tanto, se les pide a los conductores que tengan paciencia.

-¿Paciencia?… ¡No vamos a llegar nunca! — gruñó Antonio dando un golpe al volante.

-Toni, no podemos hacer nada, solo esperar.

-Tenemos que llegar, Sofi. Entiende…tenemos que llegar.

-Amor, pero no podemos movernos. Solo nos queda esperar.

-No puede ser, ojalá y esta carretera se abra pronto; si no, me voy a volver loco.

-No seas exagerado, qué loco ni qué nada.

-Hablo en serio, tenemos que llegar a Las Vegas.

Le empezaba a cambiar el semblante a Antonio, se estaba desesperando. Ya no sonreía ni tenía esa luz en los ojos como al principio del día.

Ya habían pasado tres horas y apenas si se habían movido unos cuantos metros. Para ese momento ya todos los conductores habían apagado los motores y solo esperaban. Se notaba la angustia en todos ellos. Las horas estaban avanzando y nada nuevo ocurría.

Otra vez en la radio:

-Seguimos informándoles sobre el deslave de la autopista 48, ocurrido esta mañana y que dejó aplastados a dos autos con cuatro pasajeros adentro. Hasta el momento, no tenemos ninguna noticia de su estado de salud. Seguimos con nuestros corresponsales al frente del hospital, en espera de que los doctores hagan alguna declaración.

-En cuanto a la carretera, los bomberos y el departamento de protección civil siguen trabajando con todos los recursos disponible para despejar la vía a los cientos de conductores que siguen varados en las montañas.

-Cabe mencionar, que las condiciones del clima están empeorando nuevamente y parece que las obras de limpieza de la autopista se tomarán más tiempo de lo previsto, esto según la última declaración del departamento de bomberos.

-Nuestro compromiso es mantener a nuestra comunidad informada. En unos minutos les daremos a conocer el nuevo informe de las autoridades.

Antonio estaba a punto de perder el control. Ya no podía más disimular su desesperación. Y en eso, Sofia le sugirió algo que acabó por hacerlo enloquecer.

-Toni, ¿y si llamo para cancelar el hotel? Esto no pinta nada bien, no llegare…

-¡Claro que no! ¡Si llegaremos!

Hacía rato que estaba viendo por el retrovisor que algunos vehículos se salían de la fila y se regresaban para meterse al carril de al lado, el de sentido contrario. Él calculaba que era solo medio kilómetro, o tal vez uno, cuánto mucho, lo que iría en sentido opuesto y después de eso, había un camino de terracería que los conectaría con otra carretera alterna. Esa carretera era mucho más larga que ir por la autopista, además que se desviarían varios kilómetros antes de volver a tomar el camino correcto. De cualquier manera, por dónde se fueran, llegarían muy tarde a Las Vegas.

-Escucha, Sofi. Nos vamos a salir de la fila y nos meteremos en aquel cruce… ¿lo ves? Es de sentido contrario, pero podremos regresarnos y tomar otra ruta alterna.

-¿Cómo? De ninguna manera nos vamos a meter en sentido contrario a una autopista tan transitada como esta, y menos con esta neblina que no deja ver nada… ¡No, no, no!…

-Sofía, no hay otra forma y tenemos que llegar a Las Vegas.

-No, Toni, no tenemos que llegar… ¡cancelemos!…

-¡Que no! Hemos planeado tanto este viaje, además yo…yo…

-¿Tú, qué?

-Nada, que tenemos que salir de aquí y esta anoche, tú y yo, amor, estaremos cenando y celebrando tu cumpleaños con un martini.

-No estoy de acuerdo… es muy arriesgado.

-Sofi, vamos a ir… confía en mí.

Sin darle tiempo a decir más nada, encendió de nuevo el motor y se dio la vuelta. Se repegaba al muro de contención que corría a mitad de la autopista. Esto, para poder ir buscando huecos entre los vehículos hasta llegar al cruce.

-No lo hagas, Toni. No es seguro… ¡por favor, retrocede!

-Tranquila, todo estará bien.

Por fin, lograron llegar a la entrada de la autopista. Ya otros vehículos se habían ido adelante de ellos y todo había salido bien. Se quedaron en el carril de su izquierda, para resguardarse un poco en el acotamiento y no estorbar a los otros conductores que venían en sentido contrario. Avanzaron con cuidado y justo en la rampa de salida, se toparon de frente con un tráiler que no pudo parar. El carro se incrustó debajo del pesado motor que chirriaba en el asfalto sin poder parar por el vuelo que llevaba. Los arrastró muchos metros adentro de la autopista. El conductor del tráiler estaba ileso; bajó de un salto y lo único que logró ver fue la cola del pequeño Honda, Civic, verde. El resto del auto era un acordeón prensado de fierros humeantes.

Cuatro meses desde entonces. Esa mañana estaba decidido a hacerlo. Le temblaba el pulso. Cogió el teléfono y comenzó a marcar el número. Lo vio un momento, dudó y tiró el teléfono en la mesa, se paró y fue a servirse más café. Se tardó mezclándolo más de lo habitual, como si el azúcar necesitara de fuerza para disolverse. Lo hacía para distraerse, para ganar tiempo. Volteaba a ver de reojo hacía la mesa y volvía al café. Cogió la taza con ambas manos y comenzó a beberlo a sorbos pequeños mientras se paseaba por la cocina de un lado al otro.

-¿Será posible que tenga que llamarles? — Se decía para sí mismo — No me convence la idea, seguro me odian, yo maté a su madre. No me gusta esto que estoy sintiendo. ¿llamar a mis hijas?… ¡Qué va!… Mejor me iré sin decirles nada.

Seguía repitiéndose lo mismo mientras sostenía la taza de café con más fuerza y ahora le daba grandes tragos. Parecía no importarle mucho que seguía muy caliente. Aun así, lo bebía sin parar.  

-Está bien, las llamaré… Es por las niñas, sí, lo haré por ellas.

Después de la muerte de Sofia, Antonio estuvo interno en un hospital por intento de suicidio. Las niñas habían estado al cuidado de la abuela todo este tiempo sin ver a su padre. Él salió casi ileso del accidente, solo con un brazo roto y unas cuantas quemaduras; eso no se lo perdonaba. Se repetía todo el tiempo que debió de haberla escuchado, debieron haberse quedado en la fila, debieron cancelar el hotel y esperar hasta que fuera seguro regresar a casa.  Pero él tenía urgencia por llegar a Las Vegas y renovar sus votos matrimoniales, él lo había preparado todo desde días antes. Le compró otra argolla de matrimonio, quería darle una sorpresa, por eso su cara de extrema felicidad, esa incógnita que Sofia no logró descifrar.

-¡Aló!… ¿Papá? ¿Papi eres tú?… ¿Por qué no hablas?

Antonio, apretó el teléfono contra su pecho y comenzó a llorar al escuchar la voz de sus hijas. Lo único que logró decir fue:

-¡Las quiero! ¡Le daré besos a mami de su parte!

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