El diario de Mario

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Yo soy Mario. Tengo doce años y soy el mayor de cinco hermanos. Los gemelos Emiliano y Leila, Itzel y Gonzalo. Todos vivimos juntos con tres hermanos más en una casa muy grande. Con Colin y Noah, que también son mellizos y con Andrew. Somos una familia muy grande. Nuestros padres, Norma y Abeo nos cuidan, nos llevan a la escuela y nos quieren mucho. Tienen una casa vieja, pero bonita. Estamos un poquito apretados, pero si cabemos. Hay camas para todos y nunca falta la comida caliente. También tienen un pequeño establo con media docena de caballos y muchos pollos.

En realidad, ni todos somos hermanos, ni ellos son nuestros verdaderos padres. Todos somos hijos de crianza. Pero ¿Qué es una familia de crianza? Bueno, pues es una familia prestada, unos padres que te cuidan por un tiempo hasta que encuentras otra familia que quiera adoptarte como su hijo.

Pero no siempre fue así, mis hermanos y yo vivíamos con nuestros verdaderos padres hasta hace dos años, Ellos son de Guatemala. Mi mamá era trabajadora en intendencia en unas oficinas muy bonitas, y mi papá trabajaba en una empresa de mudanzas. Estábamos bien, éramos una familia normal. Como son las familias normales, con hermanos que pelean, con una mamá que andaba detrás de nosotros para que nos lavásemos los dientes, para recoger el cuarto, para comer, para lavar los platos, para que sí, para que no… pero de repente, las cosas empezaron a cambiar en casa. Había muchos gritos y muchos problemas, hasta que un día una señora vino a casa y nos llevó con ella. Después de varias semanas de estar en una casa hogar dónde había muchos niños, llegamos a mamá Norma y papá Abeo. Gonzalo y Leila lloraban mucho, Emiliano estaba furioso y reñía con todos, y yo… yo solo los quería abrazar y cuidarlos porque soy el hermano mayor y los hermanos mayores hacen eso.

Al principio fue muy difícil, teníamos muchas preguntas. ¿Dónde están mis papás? ¿Por qué nos alejaron de ellos? Yo también estaba enojado, pero al mismo tiempo feliz porque por lo menos no me separaron de mis hermanos. Después de unos meses pudimos volver a ver mi papá. Venía y nos traía helado, golosinas, pizza, pastelitos y algunos regalos. Lo veíamos en el parque una hora cada dos semanas. Nos trataba bien, nos decía que nos quería y seguramente así era. Quiero pensar que así era. Nos decía que pronto estaríamos juntos otra vez, pero no fue así. Las visitas duraron poco, unos cuantos meses y después ya no regresó más. A mamá no la volvimos a ver desde que nos llevaron de casa.

Con el tiempo, aprendimos a vivir con nuestra nueva familia. Los ánimos de todos se fueron calmando; incluso, tuvimos momentos muy divertidos con todos mis hermanos. En Navidad, mamá Norma nos dejaba ayudarle a hornear galleta de chocolate y a decorar el árbolito. Todos teníamos que ayudar en casa. Andrew era un chico muy alto, tenía trece años, era robusto, rubio y con unos ojos azules tan claros que parecían transparentes. Él y yo nos hacíamos cargo de la granja. Junto con papá Abeo, alimentábamos a los caballos y a los pollos y limpiábamos las caballerizas. El resto de los chicos y las chicas hacían las labores de la casa.

Fue muy fácil aprender a querernos. Colin era muy divertido y bromista y Noah era el artista de la familia, tocaba el piano y cantaba muy bonito. Ellos eran de piel oscura y pelo rizado tupido. Su familia era de Nigeria, igual que papá Abeo, él también era de Nigeria.

Pasaron varios meses y una mañana, mamá Norma nos dijo que Andrew se tenía que ir. Tendría una nueva familia. Nos dio mucha tristeza despedirnos de él. Lo abrazamos y le escribimos cartas de despedida. Le decíamos cuánto lo queríamos y le deseamos buena suerte con su nueva familia. Pasaron unos meses más y los mellizos Colin y Noah también se fueron, una familia los adoptó. Nos alegramos por ellos porque seguirían juntos.

Mis hermanos y yo nos quedamos en casa y seguimos ayudando a nuestros padres como siempre. Mamá Norma era muy amorosa con nosotros. Era una mujer bondadosa y dulce. Su color de piel translucido chocaba con el oscuro de papá Abeo, pero juntos eran como el sol y la luna para nosotros. Como el día que nos guía y la noche que nos resguarda. Nos educaban, nos cuidaban, nos reprendían y nos aconsejaban todo el tiempo.

Éramos felices con ellos, pero esa felicidad se nos vino abajo cuando nos dijeron que había una familia que quería adoptar a Leila y a Emiliano y otra familia quería a Gonzalo. Se los llevarían y nos quedaríamos solos Itzel y yo. Fue un dolor muy grande, todos comenzamos a llorar y nos abrazamos tan fuerte que no queríamos que nos separaran. Le suplicamos a mamá Norma y a papá Abeo que no dejaran que se llevaran a ninguno de nosotros. No queríamos separarnos. ¿Yo qué haría sin mis hermanos? Y ellos ¿Qué harían sin mí? Nos explicaron que era muy difícil que una sola familia adoptara a los cinco, dijeron que esa era la única opción. Seguimos llorando. Cada uno expresaba su dolor de diferente manera, Itzel no salía del cuarto y Emiliano estaba agresivo, gritaba y tiraba cosas. Yo lloraba en silencio, con un dolor muy profundo que no me dejaba ni comer ni dormir. Pasaron los días y todo seguía igual. Al cabo de tres semanas, nuestros padres nos reunieron en la sala y nos dieron la noticia. Decidieron adoptarnos a todos, ya no tendríamos que separarnos. Seguiríamos juntos con ellos, en esa casa bonita, celebrando las Navidades y los cumpleaños juntos. Creciendo juntos como hermanos con unos padres amorosos y buenos.

Nuestra vida ha seguido desde entonces, con un hueco en el corazón por habernos separado de mis verdaderos padres, pero con un profundo amor por mamá Norma y papá Abeo. Ellos son los pilares que nos dan fuerza, son la luz de nuestros días, aunque en el fondo de mi corazón me hubiera gustado quedarme en ese pequeño departamento donde vivía con mis padres.

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