Nosotras, las inimputables

Cada mañana, de lunes a viernes, a las seis en punto se prenden los altavoces con “La cabalgata de las valquirias” y comienza el apocalipsis. Al primer estruendo de las trompetas, todas nos levantamos de un salto de la cama. En menos de cinco minutos ya tenemos que estar formadas en seis filas en el angosto patio del penal psiquiátrico de Otumba. Una cárcel femenil que alberga a cuarenta y ocho mujeres, yo entre ellas, que cumplimos penas por diferentes delitos. Fue fundada en los años de la revolución, por allá a principios de 1900s. Ha estado activa desde entonces, pero fue asignada como psiquiátrico hace veinticinco años. Todas aquí pasamos por locas. Somos delincuentes, sí, pero locas y así nos tratan. No nos dan tregua. Yo apenas tengo tres años aquí, pero hay quienes ya van por los doce o más. Mi nombre es Gloria Salinas y fui condenada por homicidio doloso. Le prendí fuego a mi marido porque semanas antes me dio una paliza tan dura que me rompió las costillas y la mandíbula. También está Rosa María, “la yonki”, la encarcelaron por haber robado $200 pesos a un taxista que la quiso manosear cuando iba drogada. Y la Leticia, por robar en una farmacia pastillas para dormir. La Raquel, encarcelada por asalto a mano armada en la tienda de su hermano. Tina, por participar en un secuestro. Y Esperanza, (la más joven de todas, tiene diecinueve años) por negligencia, porque dejó morir a su pequeño hijo por seguirle la corriente a un hombre que la engañó.

Nos tienen a todas formadas y desnudas, listas para el baño matutino. Estoy descalza, igual que el resto, y a cada paso que doy el helado pavimento me provoca una punzada que me sube por la pantorrilla y se extiende hasta el muslo. Por mucho tiempo que hayamos pasado juntas no dejamos de sentir pudor. Todas hemos adoptado el mismo paso al caminar, cruzamos las manos al frente para taparnos el pubis y encorvamos el cuerpo para alcanzar a cubrirnos los senos con los brazos. Todas llevamos el pelo corto por regla general del penal, así que no hay forma de esconder la cara entre la melena. Caminamos con la mirada al suelo y nos colocamos en la fila.  

Ahí nos espera la Coronela; la mandamás de este lugar. Una mujer áspera y seca. Llega todas las mañanas, puntual para hacer la rutina de las seis y después se aparece durante el día en el momento y el lugar menos esperado. Nuestra peor pesadilla es escuchar su silbato y su aborrecible canción, inseparables uno del otro.

Las mañanas son siempre las más duras, cuando estamos calentitas entre las sábanas y nos despiertan retumbando la música. Al primer silbatazo de la Coronela, el primer grupo de mujeres tiene que avanzar al frente y replegarse contra el alto y frío muro que resguarda el penal.

Mis compañeras se quedan mirando la pared, con su desnudez expuesta. Yo las veo desde atrás, desde la última fila en la que estoy. Todas tiemblan de frío y de vergüenza; es invierno y las mañanas amanecen escarchadas de hielo. Atrás de ellas se colocan las Vigilantas con unas mangueras. Al segundo silbatazo de la Coronela liberan el pesado chorro de agua que choca con esos cuerpos desnudos y frágiles. Las mujeres se estremecen y sueltan un gemido. Por más que lo quieran resistir, sus cuerpos se vencen. Algunas caen al piso tiritando, con la piel fría y los labios morados. Las compañeras ayudan a levantar a las caídas y a regresar a la fila, luego avanza el segundo grupo. Y así hasta que nos hayan bañado a las cuarenta y ocho.

La música no cesa en ningún momento, el volumen es tan alto que está a punto de reventarnos los tímpanos entumecidos. Los sonidos de los instrumentos se intensifican anunciando una victoria de guerra. Una gloria que solo disfruta la Coronela que no para de sonreír erguida y arrogante. Esa mujer de corte perfecto, vestida con saco entallado y falda negra por debajo de la rodilla. Nunca se le ha visto un pelo en desorden, lo trae engomado y estirado para atrás en un moño. Es una mujer hermosa, siempre con un maquillaje perfecto. Un ahumado en los ojos y unos labios rojo quemado que le profundizan la dura expresión de su rostro. Da la orden de romper filas y todas regresamos a nuestro dormitorio a buscar un poco de calor. Ella se queda ahí, moviendo la mano para todos lados, sacudiendo la macana como si fuese una batuta dirigiendo la orquesta; mientras nosotras nos alejamos, apresurando el paso lo más rápido que nuestras fuerzas nos lo permiten. Son tan solo unos veinte metros los que separan el dormitorio del patio, pero en las condiciones en las que estamos nos resulta un camino eterno.

Llegamos a los camastros y nos abrigamos con las pocas ropas que tenemos. Son harapos, mantas hechas de retazos de ropa vieja. Es una sola habitación para las cuarenta y ocho. Literas de tres niveles de metal viejo y oxidado están formadas a ambos lados de esa gran sala. Tienen colchones desgastados y malolientes a los que les brotan los resortes por todos lados. Todas dormimos ahí apiladas. Buscando el modo de tener privacidad improvisamos cortinas con toallas o sábanas viejas.

El único baño que hay en todo el penal está al fondo del dormitorio. Es un cuarto húmedo de paredes altas, con un hilo de hongos negros y verdes que abarca de esquina a esquina. Hay cinco retretes con un anillo de sarro café oscuro en el fondo. Están en fila, separados apenas con una media barda y de puerta otra de las improvisadas cortinas de toallas viejas. No tienen depósito de agua, así que hay que echarles con una cubeta después de usarlos. Desprenden un olor nauseabundo, un hedor a animal muerto que se intensifica por las mañanas y se vuelve insoportable en el verano. Hay seis regaderas de agua fría y cuatro contenedores grandes de plástico azul para almacenar agua porque es muy común que se escasee y pasemos días sin agua potable. Nadie vela por nosotras aquí, tenemos que hacer todas las labores por nosotras mismas.

Llegamos todas a buscar refugio en nuestras camas. Nos acurrucamos un rato para calentarnos y volver a la vida. Tina y Raquel traen casi a rastras a la Yonki que apenas si se mueve por si sola. Las drogas de tantos años la han dejado tonta. Camina panda y babea cuando habla, aún más con este frío del demonio. Parece una vela seca, así transparente y escurrida. Tiene la cara marchita con unas grandes bolsas oscuras debajo de los ojos y los labios resecos y escaldados. Hace ruidos con la boca, como si estuviera comiendo pinole seco y se le pegara en el paladar. Casi no come ni duerme. La droga la consigue como puede y se mete lo que sea, ahora le ha dado por volverse loca con el crack. Es capaz hasta de lamer mierda por conseguirla. Ahí la verán, retorciéndose por los pasillos, echando las tripas para afuera en cuanto le cae comida al estómago. Aúlla y se pelea con sus demonios. Es una pobre infeliz que me da lástima. A veces he pensado en ayudarla a bien morir, pero no, no me atrevo.

Dos veces a la semana tenemos clases de arte. Viene una maestra que habla bajito y pausado. Nos trata como niñas de prescolar o “como idiotas”, dice siempre Raquel.  Manotea mucho cuando habla y hace muecas exageradas, como si además de ser locas fuésemos sordas.

— Hoy vamos a dibujar un sol – Nos dijo la última vez que vino. — escojan un color que las llene de vida, que les de alegría. Porque el sol es felicidad. Nos llena de calor y de luz. – repetía con esa vocecita estúpida que me daban ganas de meterle una papa en la boca.

Un puñado de papeles y marcadores es todo nuestro material para crear. Pero bueno, en algo hay que ocupar la mente que no sea en ganas de matar. En la clase de arte muchas se lo toman muy en serio y le preguntan cada dos minutos a la maestra si las líneas o lo colores están correctos. Tal cual un niño de escuela. Varias terminan su obra de arte y la pegan en la cabecera de su cama como si fuese un cuadro de Picasso.

A mí me gusta mucho el color rojo – les dije – es el color del amor, de la pasión y me da alegría.Estallamos todas en sonora carcajada. Yo hablando de amor después de que achicharré a mi marido porque me golpeaba y me engañaba con otras. Es un momento de esparcimiento que disfrutamos mientras no se aparezca la Coronela. Es una maniaca que interrumpe las actividades cuando le da la gana y al ritmo de su canción de guerra nos manda al patio a hacer ejercicio o a hacer cualquier cosa que le brote de la cabeza. Como ayer, que apenas estábamos terminando de comer y nos íbamos a ir de regreso al dormitorio, con excepción del grupo que le tocaba lavar la loza y limpiar el comedor esta semana, cuando entró sonando su silbato y dio la orden para que todas limpiásemos el comedor y la cocina de orilla a orilla, que fregáramos el piso, las ventanas y las puertas con cepillo.

Limpien todo hasta que quede reluciente, bien pulido. ¿Qué no se cansan de vivir en este muladar? – Dijo. – De aquí nadie sale hasta que todo quede bien limpio… ¡Pero disfruten la música! … ¡es una maravilla!

            No le importa si es un día soleado o lluvioso. Cuanto más extremo todo, ella más lo disfruta.  Pero bueno, mientras no aparezca como un gato negro, disfrutamos esos momentos de paz.

Llevamos los días lo mejor que podemos. Muchas como La Yonki, se meten drogas para escapar de esta terrible realidad. Por una línea de coca o una pastilla, se amotinan, se prostituyen, se agreden y hasta se infringen dolor ellas mismas. La Leticia por ejemplo, se lastima sola para poder ir a la enfermería a pedir pastillas para el dolor de cabeza y para dormir. Se la pasa sonámbula de tanto chocho que se toma. Dice que no sabe por qué está aquí, pero ya lleva nueve meses. La trasladaron del penal del Norte dónde ya llevaba tres años. Con Tina nadie se mete, es grandota y robusta. Tiene la expresión dura, la voz seca. Camina recta y se para con los hombros echados para atrás, siempre en posición de ataque. En un pleito le dejaron un recuerdito arriba del labio, una cicatriz gruesa en forma de media luna que le sube hasta la mejilla en el lado izquierdo. Ella también le entra al “crack” pero a diferencia de “la Yonki”, se pone agresiva y ataca a quién se le cruce en el camino. Tiene un grupito de perras fieles que le sirven para todo. A mí no me la hace de bronca porque tengo tan mala fama de asesina sangrienta que nadie me busca pleito. Aunque en realidad yo soy muy pacífica, escucho y observo con atención. Yo no necesito nada para escapar de mi realidad. Me trajeron aquí por una serie de ataques de ansiedad que me dieron después de que maté a mi marido. Pero ya pasaron, no tengo el más mínimo cargo de conciencia ni delirios de persecución, pero sigo exagerando porque quiero que me dejen aquí, por mucho infierno que sea esto, no se iguala nada al penal de Oriente. El manicomio debería de ser aquel, esta es la gloria.

Y Esperanza, esa pobre muchacha que no sabe el día en que vive. La más desgraciada de todas es ella, que en su nombre lleva la pena. Esperando sin esperanza. Emigró de Guatemala a los Estados Unidos con su hijo pequeño para buscar una mejor vida. Ella es ciudadana americana, aunque nunca había vivido en ese país. Llegó allá y con la ayuda de su tía logró obtener ayuda económica para ella y para su hijo de algunos programas sociales. No tardó mucho en conocer a un hombre que la enamoró y la convenció de irse a la Ciudad de México con el niño y con la promesa de que formarían una familia. Para su mala fortuna, no todo fue como se lo contaron, el hombre la metió en el alcohol y las drogas y comenzó a quitarle el dinero de la asistencia social. En un descuido de la borrachera que agarraban por días, dejaron solo al niño sin comer y este murió en su cama, sin su madre que lo ayudara. El tipo se lavó las manos y le echó toda la culpa a Esperanza. La arrestaron y en menos de dos semanas ya la habían trasladado de la prisión preventiva al penal del Norte. Sin dictarle sentencia aún, como a muchas de las que están aquí, que, sin concluir la investigación, son culpables hasta que no se demuestre lo contrario. Después vino a parar aquí, a Otumba.

Aquí seguimos, la mayoría en la antesala del juicio final. Muchas llevan años esperando que las acusen formalmente o las indulten, mientras tanto no pueden hacer nada más que esperar en esta cárcel miserable que nos mata de a poco. Nos racionan todo, desde el espacio para caminar hasta el plato de frijoles. La inmundicia de este lugar choca con la pulcritud de la Coronela que nunca se doblega. Sonriente siempre como reina de belleza, pero despiadada como carnicera. Es mejor no llevarle la contra y tratar de vivir en paz. Total, si nos pone a fregar el piso de rodillas, a cargar una piedra en la cabeza o nos dan baños helados en las mañanas, lo tomamos con calma y resignación porque este, de entre todos los infiernos es el que menos calcina.

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