
El negro Isidro nació en Cuba un 15 de mayo de 1836. Era hijo de Ti Sade y Ma Ayira, dos negros esclavos en el ingenio azucarero del conde de La Sagra. El conde era un tirano que traía siempre consigo una navaja filosa porque el castigo que más disfrutaba era arrancarles las orejas a los negros que lo desobedecían. Luego se las echaba a los perros. Lo hacía delante de los otros esclavos para que sirviera de escarmiento a todos.
— ¡Negros brutos que no entienden!… ¡No escuchan!… ¡Muerden la mano que les da de comer!… ¡Ustedes deben de respetar y obedecer a su amo que les da trabajo y techo!… ¡Por Cristo bendito que yo haré que me sean fieles como estos perros!
El conde era una serpiente venenosa con grades ojos que todo lo veía. Entre él y su mayoral, Benítez, tenían control total de sus dominios; era difícil distinguir al verdadero diablo.
Ti Sade era un negro de la etnia congo. Habían pagado mucho por él porque era un negro fuerte y de buena casta. Lo aparearon a fuerza con Ma Ayira, otra negra de raza buena, para garantizar que el hijo saldría igual de macizo. Los trataban como ganado. Las mujeres eran abusadas por el mayoral y por otros hombres de confianza de la casa grande. Ma Ayira fue violada muchas veces, pero por obra de dios, solo quedó preñada de Ti Sade.
Las condiciones de los negros en los ingenios eran avasalladoras, jornadas de veinte horas diarias durante el corte de caña y la molienda que duraba mínimo seis meses. Eran temporadas eternas y todos tenían que trabajar parejo, hombres, mujeres y niños.
Un día, Ti Sade vio la oportunidad y se escapó al monte. Lo capturaron y lo trajeron de regreso a rastras; estaba moribundo y lo acabaron de rematar frente de todos.
— ¡Entiendan bien, bola de negros inútiles! Ustedes pertenecen al conde La Sagra, que soy yo. Si se van al monte como cimarrones los vamos a cazar como lo que son, animales.
Ma Ayira siguió con el embarazo y un día, cuando estaba en el noveno mes, cayó desmayada a mitad del campo; cerca de la una antes meridiano, cuando el sol estaba agarrando toda su fuerza.
— Pero negra ¿Qué ha pasao? — ¡Ayuda, ayuda! Negra cayó fulminá. — Gritaba otra negra pidiendo ayuda.
— ¿Qué demonios pasa aquí? ¿No que los negros son fuertes?… ¡Levántate negra mugrosa, que falta mucho por hacer! — le gritaba Benítez mientras la movía con el pie.
— No mi amo, negra Ma Ayira eta encinta, puede perdé a la criatura… ¡Déjeme ayudala, se lo suplico!
— No, tú te quedas hasta que termines y harás también su parte de ella. ¡vamos, a trabajar negra holgazana! … y ustedes, llévense a esta al patio. — Les dio la orden a dos de sus hombres.
Benítez la castigó porque no terminó la jornada, la cuereó para que escarmentara. Hicieron un hoyo en el piso para que metiera la barriga y le dio veinte azotes. No querría matar un niño que sería un esclavo más para el campo.
El niño nació sano, pero Ma Ayira temía por su vida. Tenía que asegurarse que nadie le hiciera daño. Le había preparado una ceremonia de protección que iba en contra de su propio culto religioso.
Recitaba alabanzas en una lengua extraña que ni siquiera otros negros comprendían. Cubrió al niño de ceniza y plumas de gallina. Lo tenía desnudo tendido en el piso, en una manta blanca. Le dibujó un símbolo en la frente y en las muñecas, un círculo con un ojo al centro
— Tú lo verá a todo, pero ello no te verán a ti. Con el podé de tu mano, arrancará la tripa de aquello que te hagan mal. ¡Chicherekú te guie!
Seguía entre oraciones y cánticos mientras lanzaba ceniza a los cuatro puntos cardinales.
— ¡Ven aquí Chicherekú! Toma el niño mío y protégelo. Guíalo en esta casa y no permita que la maldá de Conde de La Sagra ni del Sr. Benite llegue a él. Será tuyo, te lo entrego. Recibí a Isidro, te lo suplica eta negra que lo tuvo en su vientre po nueve mese.
— ¡Ven aquí Chicherekú! ¡Ven aquí Chicherekú!… Toma al hijo mío, ahora e tuyo.
Algo parecido a un monito pequeño, sombrío y tosco, salía y se mezclaba entre los negros. De repente les saltaba en la espalda; algunos enfermaban y otros morían. Deambulaba por los barracones y hablaba con los muertos. Los negros le tenían miedo, decían que era el demonio. Nadie quería hablar de él, pero Ma Ayira sabía que era su única opción para proteger a Isidro. Se apareció de repente en frente del niño. Cogió sus diminutos pies y se inclinó para cubrirse los ojos con ellos. Susurraba y cantaba algo extraño. Después, miró fijo a Ma Ayira y desapareció.
Isidro creció en la enfermería hasta los seis años, luego se lo llevaron a los barracones junto con su madre. Ya estaba listo para empezar a trabajar. El niño era bonito y lo asignaron a la casa grande para espantar las moscas y limpiar los zapatos de los señoritos; los hijos del Conde de La Sagra, un varón de ocho años, Santiago y una hembra de once, Elisa.
— Toma negro, espanta las moscas de la niña. Mucho cuidado con holgazanear, que te vas a ganar unos azotes.
Le daban una rama de palma que era demasiado grande y pesada para su tamaño. Debía seguir a la niña a todos lados para espantarle las moscas. Era casi lo mismo que ponerle un cabresto como a los bueyes. Tenía que seguir la yunta, derechito.
Para los negros que trabajaban en los campos, Isidro y otros que eran asignados a la casa grande eran negros finos, señoritos de color y eso les pasaba factura cuando regresaban con el resto. No los querían y les hacían muchas maldades.
Isidro se iba por las noches a dormir con su madre y con otros doscientos esclavos más a los barracones. Un pedazo de tierra árida, cercado, que servía para mantener a los esclavos encerrados. Grandes barricadas con muros a media altura. Apenas unos cuantos agujeros en las paredes permitían la entrara del aire. Un calor infernal los asfixiaba por las noches. El negro vivía encarcelado, ellos no eran felices siendo prisioneros en esos muros porque al negro le gusta el campo, las plantas, el sonido de los ríos, no esas tapias blanqueadas con cal para ahuyentar los enjambres de moscas.
A las ocho y quince de la noche, el sereno tocaba el silencio y el mayoral Benítez cerraba con cadenas la única entrada que había. No podía dejarlos sin vigilancia porque muchos negros se habían escapado antes al monte. Preferían ser cimarrones que esclavos.
Vivían en unos chiqueros peor que los de los cerdos. Lo barracones eran unas cárceles inmundas; estaban llenas de chinches y pulgas que les bañaban el cuerpo en cuanto se tiraban al piso. La única forma de calmar las picaduras era frotándose cebo caliente. También había niguas, esas eran brujas que nadie quería cerca porque estaban en busca de almas. Se las llevaban volando y desaparecían en el cielo.
En el mismo espacio tenían que cocinar y hacer sus necesidades. El aire no circulaba porque los agujeros en las paredes eran insuficientes para tanta mierda volando en el lugar. Pero, ya sea por la naturaleza jocosa de los negros o por resignación, no dejaban de mofarse hasta de su propia desgracia.
— No sea bruto, negro, cerrá la puerta… ¡Ja, ja, ja!
— Si Sr. Conde, negro cerra la puerta para que no me vea cagá… ¡Ja, ja, ja!
Los negros reían y cantaban hasta cuando los azotaban, lo que causaba la ira de los señores.
Había muchas enfermedades en los barracones: tosferina, viruela, sarampión, pero la peor era el vómito negro.
— Eso es po culpa del majá. Eso bichos no etán matando.
— Sí, no chupan la sangre y no quedamo vacío. Negros morí y los majá vivi mil años hasta que convertí en serpiente.
Los negros estaban preocupados porque pensaban que el majá venía de noche y les chupaba el aliento. Creían que era un bicho que necesitaba de su sangre para vivir y ellos no podían hacer nada más que ahuyentarlo con humo, pero tampoco podía prender fuego en los barracones porque morirían asfixiados.
Isidro tenía doce años cuando su madre enfermó de vómito negro. Una mañana se levantó volteando las tripas, estaba empapada en sudor grueso, le hervía el cuerpo. Otras negras le prepararon menjurjes y le sobaron la barriga con manteca de cerdo caliente. Ma Ayira daba tremendas arcadas y convulsionaba. Se sacudía como si un espíritu se le hubiera metido en el cuerpo. Tenía los ojos cristalinos como canicas, estaba bañada en su propio deshecho. Murió a los tres días. No había tiempo para llorar el duelo, además tenían que sacar el cuerpo lo más pronto posible de los barracones. Isidro tenía que seguir trabajando en la casa grande, así que, metió a su madre en un cajón y entre tambores, cánticos y danzas la enterraron.
Isidro era víctima de los juegos rudos de los señoritos de la casa grande que cada vez se parecían más en actitud y en maldad a su padre, el conde de La Sagra. Cuando tenía 18 años, los señoritos hicieron una apuesta para ver quién le haría la maldad más grande y lograr así que su padre lo mandara al campo para cortar caña, además de que le dieran un buen castigo.
— Isidro, negro, ven aquí. Quiero que me acompañes a montar. Ve, dile al caballerango que ensille mi caballo.
Isidro lo siguió a pie, tenía que ir al trote para que no se perdiera de vista. Atrás iban otros hombres a caballo cuidando al señorito Santiago.
— Apúrate negro, vamos, que aún falta mucho para llegar.
Isidro caminaba lo más rápido que podía, pero las piernas ya no le daban para más.
— Ahora sí, descansaremos acá un momento. Cuida mi caballo y dale agua.
— Si mi amo, negro Isidro lo lleva al río.
Isidro tomó las riendas del caballo y empezó a caminar rumbo al arroyo cuando el señorito Santiago lanzó un tiro al aire con la escopeta. Isidro lo sintió tan cerca que se asustó y se tiró al piso; el caballo arrancó despavorido al monte.
— ¿Pero qué has hecho, negro estúpido?
— No amo, negro Isidro no ha hecho na.
Uno de sus hombres había ido en busca de su caballo y lo trajo de regreso. El señorito Santiago agarró a Isidro a fuetazos y le amarró el cabresto a una de las monturas. Se lo llevó tirando de la riata, arrastrándolo hasta que llegaron al ingenio.
— ¿Qué pasa aquí? ¿Y ahora que hizo este negro cabrón! — preguntó el conde de La Sagra
— No sirven para nada esta bola de miserables, negros asquerosos. — respondió el señorito Santiago. — Hizo que se asustara mi caballo y se fue pa’l monte. Tanto buen trato en la casa grande lo ha hecho un inútil.
— No, esto no se quedará así. Amárralo al palo y que se encargue Benítez.
Lo ataron a la viga que estaba a mitad del patio. Cincuenta cuerazos de dieron con el látigo de cáñamo que silbaba en cada golpe de la fuerza que llevaba. Le fueron marcando la piel hasta que le brotó el cebo de la espalda. Una mezcla blancuzca y escarlata le brillaba con el destello del sol. Sentía desfallecer, pero no suplicó ni pidió perdón.
— ¡Pídeme perdón, negro infeliz! ¡Aclama, suplica que te perdone! — iracundo le gritaba el señorito Santiago, pero no consiguió nada.
Isidro resistió los golpes como un hércules sin clamar nada. Miraba al cielo y vio caer una pluma de gallina, tan pequeña que nadie la percibió entre el alboroto. Solo los negros, sobre todo los ancianos, sintieron la presencia de las brujas y de la muerte. Cantaban alto para ahuyentarlas.
Isidro regresó a la casa grande y siguió con sus labores. Aparte de la golpiza, el señorito Santiago no había logrado que lo mandaran a cortar caña. La señorita Elisa tenía que planear bien su jugada. Intentó varias cosas por las que Isidro recibió unos cuantos golpes, pero no era eso lo que quería.
Una mañana, cuando Isidro fue a limpiar las bacinicas de la noche anterior, se encontró con un brazalete de oro y piedras preciosas que brillaba entre el excremento que había vertido en el piso. Cogió una rama pequeña y lo limpió. Sabía que lo tenía que regresar y eso hizo, pero para cuando llego a la casa grande, la señorita Elisa ya estaba lloriqueando y gritando a todo el mundo.
— Padre, padre, alguien me ha robado el brazalete de mi madre. El que usted me regaló cuando ella murió.
— En esta casa nada se pierde porque lo pagan con la muerte. — replicó su padre.
— Seguro fue uno de esos negros ladrones. El Isidro ese, que siempre hurga y se aparece silencioso como ánima por todos lados.
— El que haya sido tendrá un escarmiento.
Isidro era un hombre honrado y sabía que tenía que devolverlo. Si se lo encontraban después, ahí si no tendría escapatoria.
— Mi amo, negro Isidro encontrá eta joya en las bacinicas. No queré que me acuse de ladrón.
— Se lo dije, padre, este negro es un ratero. Nunca me ha gustado. Es metiche y lo he visto antes husmeando en las habitaciones.
— Eso no he verda, mi ama. Negro Isidro e un hombre honrao.
— Padre, ¡castíguelo! Qué aprenda que al amo se le respeta, y mándelo al campo, para que trabaje como el animal que es.
El conde estaba colérico. Quería matar al negro con sus propias manos, pero no lo haría, un negro muerto es plata botada a la basura.
El mismo lo metió al cepo, el peor de los castigos. Ningún negro quería acabar ahí. Le metieron la cabeza, los brazos y los pies entre los agujeros de los tablones de madera. Lo dejarían al sol dos meses completos para escarmiento de todos.
Los negros sabían que esa no era cosa buena. Los coyotes aullaban día y noche, al sol se le atravesó una nube negra y los días fueron sombríos, los caballos estaban inquietos y no se dejaban montar. Las gallinas cacareaban y tiraban los huevos por todo el corral. Nada estaba en orden, había una agitación en todo el ingenio.
Los negros bien sabían que el Chicherekú andaba cerca, le tenían tanto miedo que solo cantando y orando lo podían ahuyentar. En la ceremonia del cuarto domingo del primer mes, los negros participaban en el juego del Mayombe, tocaban tambores, danzaban y cantaban. Trajeron una cazuela y la colocaron al centro. Cuando un negro era castigado, los esclavos se unían y hacían enkangues con tierra del cementerio para dirigir una maldición a los señores, pero esta vez era más que eso, colocaron la cazuela cerca de Isidro y todos se reunieron en círculo. Algunos traían cabezas de cerdo que sostenían en frente de sus caras mientas danzaban.
Era el momento de la venganza…
Junto con la tierra del cementerio, le echaron patas de gallina y paja de maíz. El conde y su familia estaban apresados en la cazuela y pronto empezarían a sufrir las consecuencias.
Durante el siguiente mes, cada negro traía un poco de tierra del panteón y la colocaba en la cazuela en forma de cruz. La señorita Elisa empezó primero a tener retortijones de tripas. Le siguieron unos cólicos insoportables y una descompostura que la obligaba a estar con la bacinica a la mano en todo momento. Al conde y a su hijo Santiago, les dio lo mismo pero sumado con fiebres. Se estaban quedando vacíos, como Ma Ayira cuando murió.
Los negros no dejaban de cantar…
— ¡Malditos brujos, nos están matando! — Gritaba desesperado el conde La Sagra
El cielo seguía cada vez más lúgubre y se había desatado un violento ventarrón que parecía que arrancaba las cañas de raíz. Las polvaredas que se levantaron no dejaban ver nada.
— ¡Te voy a matar negro infeliz! ¡Eres hijo del demonio!
Isidro, seguía alerta mirando al cielo, apacible.
El conde se dejó venir hasta Isidro y con las pocas fuerzas que le quedaban, le disparó.
Todo enmudeció, de a poco el cielo se fue aclarando. A mitad del patio estaba el conde La Sagra con la barriga abierta al sol, como cerdo destazado. Sus hijos también estaban muertos adentro de la casa grande, ambos bañados en su propia mierda.
De Isidro lo único que vieron fue una pequeña pluma de gallina que caía lentamente y se postraba encima del tablón del cepo. Había volado como una nigua.