
Podría decirte que el frio del invierno y esta distancia que he puesto entre nosotros, mitiga tu ausencia. A veces sí, a veces pasas desapercibido entre estas paredes que me abrigan. Puedo tomar el café con calma y dormir apacible. Despertarme al amanecer, ver a través de las ventanas y no echarte de menos. Otras, te cuelas por las rendijas, por debajo de la puerta, por el hueco de la chimenea. Te metes entre mis sábanas, y es entonces que no puedo desprenderme de ti. Son solo recuerdos, lo sé, pero tan vívidos que escucho tus pesados pasos cuando te acercas; siento el roce de tus dedos bajando por mis hombros y el calor de tu aliento soplándome en la nuca. Escucho tu risa sonora que retumba en las paredes y veo tu imagen lánguida reposando en el sillón. Todo tu ser acapara el espacio, te siento deambular por los rincones de esta casa, haciendo tuyo todo lo que tocas. Te veo como un rayo de luz que pasa fugaz, y me tambaleo. He querido poner distancia contigo para encontrar la paz que necesita mi corazón, pero parce que a donde quiera que vaya tu recuerdo me persigue.
Ya es invierno y comienzan a caer las primeras nevadas, viene con intensidad, con ventarrones fuertes y días oscuros y gélidos. Me anudo en la mecedora que esta frente al fogón y me cubro con una manta de lana. Mi mirada se pierde en el crujir de los troncos que arden, las llamaradas me tienen absorta. Veo el jugueteó del fuego, azul, rojo, amarillo…por momentos las flamas giran como en una danza, suben y bajan contoneándose, se entrelazan, se enamoran. Mi mente está ahí, perdida, en blanco, evitando pensar en ti, deseando tenerte aquí conmigo. En este tiempo, le he agarrado el gusto a estar con mis pensamientos, he descubierto en mi a una buena compañía.
Me gusta escuchar los pasos en la azotea. Son ardillas que a veces me visitan. Escucho el ruido y lo sigo con la mirada. Veo hacia la ventana y ella está ahí, ese pequeño animal que me vigila. Me ve por el cristal empañado; rasca el vidrio, me muestra sus dientes largos, me acompaña un momento, y luego de un salto, desaparece. Sonrío. Que simple es la vida… pienso por un instante. El año pasado, por estas fechas, estaba parada frente a la puerta de tu casa, como la ardilla, arañando la última esperanza de poder hablar contigo y resolver nuestra relación, o lo que quedaba de ella. Pero no saliste. El cristal de tu ventana estaba demasiado borroso para que me vieras. No sé, y la verdad ya no importa. Hoy estoy aquí, aprendiendo a mitigar mi soledad y tu recuerdo. He tenido buenos logros. Me gusta despertarme temprano y beber un café humeante. He agarrado la mala costumbre de caminar descalza en el suelo frío, de abrir las ventanas en la mañana y dejar que una ola de viento frío me azote la piel. Yo solo resisto y me quedo ahí parada con los ojos cerrados, sintiendo el golpe del viento en mi cara. Luego empiezo a tiritar, siento un cosquilleo que me sube por las piernas, mis huesos se congelan, y retrocedo. Busco el calor de mi abrigo que choca con mi piel helada. Me gusta el contraste. Me despierta. Me hace sentir viva. No pensé que uno podía llegar a disfrutar de este vacío, de este clima áspero que fragmenta, de estos días sombríos y cortos. Se está tan bien aquí con uno mismo, es como un sueño del que no quiero despertar. No quiero que llegue la primavera, porque con la claridad del día se irán las borrascas, el sol saldrá y me mostrará el camino, el que está oculto entre la espesa nieve, el que siempre me lleva de regreso a ti, y no sé si quiero regresar.